Un modelo económico que destruye los bosques y luego se sorprende de que desaparezcan
Europa arde. Y no es una metáfora exagerada ni una consigna ecologista: es un diagnóstico cientÃfico respaldado por datos cada vez más contundentes. Un estudio publicado el 5 de marzo en la revista Science advierte que los incendios, las plagas y otros eventos extremos podrÃan duplicarse antes de finales del siglo XXI. No se trata de una hipótesis alarmista, sino de una proyección basada en escenarios climáticos ampliamente aceptados, tal y como recoge la investigación cientÃfica publicada en Science sobre el aumento de perturbaciones forestales en Europa.
El punto de partida ya es crÃtico: el periodo 2001–2020 ha sido el más intenso en perturbaciones forestales en los últimos 170 años. Es decir, no estamos hablando de un deterioro gradual desde un equilibrio previo, sino de una escalada sobre una crisis ya en marcha. Y aun asÃ, el modelo económico dominante insiste en ignorar las causas estructurales de este desastre.
Según los datos difundidos por la plataforma SINC sobre incendios y plagas forestales en Europa, los incendios serán el principal motor de esta transformación: la superficie quemada anual podrÃa casi triplicarse antes de 2100. Lo que hoy se considera extremo pasará a ser cotidiano. Lo excepcional se convertirá en rutina. Y lo peor: no será un accidente, será una consecuencia directa de décadas de inacción polÃtica y de un modelo basado en la explotación constante del territorio.
UN ECOSISTEMA DEVASTADO POR EL BENEFICIO A CORTO PLAZO
El aumento de las temperaturas no solo seca los bosques, también acelera la expansión de plagas. Los insectos xilófagos, como el escarabajo Ips typographus, están encontrando condiciones ideales para multiplicarse: inviernos más suaves, ciclos reproductivos más rápidos y árboles debilitados por la sequÃa. El estudio estima un aumento cercano al 50 % en las plagas de insectos, un dato que deberÃa encender todas las alarmas.
Pero el problema no es solo climático. Es también polÃtico y económico. Durante décadas, la gestión forestal ha sido abandonada o subordinada a intereses productivistas. La desaparición de la actividad agrÃcola y ganadera tradicional ha eliminado los paisajes en mosaico que actuaban como barreras naturales frente al fuego. En su lugar, se han consolidado masas forestales homogéneas, más vulnerables y más inflamables.
El resultado es un ecosistema diseñado para arder. No por casualidad, sino por la lógica de un sistema que prioriza la rentabilidad inmediata sobre la sostenibilidad a largo plazo. Un sistema que externaliza los costes ambientales y socializa las consecuencias cuando llegan los desastres.
La región mediterránea es el ejemplo más claro de esta deriva. Cerca del 90 % de su superficie forestal podrÃa verse afectada por un aumento significativo de incendios y plagas. SequÃas más intensas, olas de calor recurrentes y abandono rural forman una combinación explosiva. Y mientras tanto, las polÃticas públicas siguen sin abordar el problema desde su raÃz.
MENOS BOSQUES, MENOS VIDA, MENOS FUTURO
Las consecuencias no se limitan a la destrucción puntual de masas forestales. El estudio alerta de una transformación estructural: los bosques europeos serán cada vez más jóvenes. Y eso implica una pérdida directa de capacidad para absorber dióxido de carbono. Actualmente, solo un 3 % de los bosques europeos son maduros. Esa cifra podrÃa reducirse aún más.
Menos bosques viejos significa menos capacidad de actuar como sumideros de carbono, menos biodiversidad y mayor vulnerabilidad frente a nuevas perturbaciones. Es un cÃrculo vicioso que el propio sistema económico alimenta: destruye los ecosistemas que podrÃan mitigar la crisis climática y luego invierte recursos en gestionar sus consecuencias.
Además, el impacto no es solo ambiental. También es social y económico. Las comunidades rurales que dependen de la silvicultura, el turismo o los servicios ecosistémicos serán las primeras en sufrir las consecuencias. La pérdida de biodiversidad, la degradación del suelo y la escasez de agua no son amenazas futuras: son procesos ya en marcha.
Y sin embargo, incluso en este escenario, la ciencia deja claro que hay margen de actuación. Si se reducen de forma drástica las emisiones de gases de efecto invernadero, el aumento de las perturbaciones podrÃa limitarse a un 20 %. La diferencia entre el colapso y la contención no es técnica, es polÃtica.
También lo es la gestión forestal. Nuevas herramientas permiten diseñar estrategias que aumenten la resiliencia de los bosques, reduzcan el riesgo de incendios y mejoren la absorción de carbono. Pero estas soluciones requieren inversión pública, planificación a largo plazo y un cambio de paradigma que el modelo actual no está dispuesto a asumir.
El problema no es que no sepamos qué hacer. El problema es que el sistema que gobierna nuestras decisiones no tiene ningún incentivo para hacerlo.
Europa no se está incendiando por falta de conocimiento, sino por exceso de intereses.