Alaska arde más que en 3.000 años: el Ártico entra en la era del fuego permanente

Escrito por Resist.es — febrero 19, 2026
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Un estudio confirma que el colapso climático ya no es una amenaza futura, sino un régimen nuevo que libera carbono y acelera la crisis global

El Ártico no era territorio del fuego. Durante siglos, el frío y la humedad actuaron como muralla natural frente a las llamas. Ese muro ha caído. Un estudio de la Universidad de Alaska Fairbanks confirma que los incendios forestales en el norte de Alaska superan cualquier registro de los últimos 3.000 años. No es una anomalía puntual. Es un cambio de régimen.

La investigación combina datos satelitales recientes con archivos naturales conservados en turberas y suelos orgánicos. En esas capas de tierra se almacenan diminutas partículas de carbón vegetal, huellas de fuegos antiguos. El mensaje es inequívoco: durante casi 2.000 años, los incendios fueron escasos y espaciados. Incluso en periodos ligeramente más secos alrededor del año 1000, el sistema resistió. El silencio se rompe de forma abrupta a partir de 1950. Desde entonces, las señales de fuego aumentan de manera sostenida.

No estamos ante un ciclo natural más. Estamos ante la consecuencia directa del calentamiento global industrial.

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EL COLAPSO DEL SUELO: PERMAFROST, SEQUEDAD Y NUEVO COMBUSTIBLE

El Ártico se calienta varias veces más rápido que la media global. Esa aceleración no solo eleva la temperatura del aire. Reconfigura el suelo. El permafrost (la capa que permanece congelada al menos dos años consecutivos) comienza a descongelarse. Cuando eso ocurre, el agua que mantenía húmedas las capas superficiales se filtra a mayor profundidad.

El resultado es una paradoja letal: territorios fríos con superficies cada vez más secas. A mediados del siglo XX, amplias zonas de turba alcanzaron niveles extremos de sequedad. Poco después, la actividad de incendios se disparó. Una chispa, un rayo, una brasa transportada por el viento bastan para iniciar un fuego donde antes no prendía.

A ese proceso se suma otro fenómeno: la “arbustización”. El aumento de temperaturas favorece la expansión de arbustos leñosos en una tundra antes dominada por musgos y herbáceas. Más biomasa aérea significa más combustible. Más continuidad vegetal implica más facilidad para que el fuego avance sin interrupciones.

Los datos satelitales, disponibles desde finales de los años sesenta, confirman el cambio. Desde entonces se registran incendios frecuentes en la vertiente norte de Alaska, con picos claros en los años noventa y en las décadas posteriores. El archivo milenario de la turba permite entender lo excepcional del momento actual. Sin memoria larga, el desastre parecería normalidad.

Pero hay algo más inquietante. Algunos de los incendios recientes dejan menos rastro de carbón en el suelo. No porque sean menores, sino porque arden con mayor intensidad. El calor extremo consume casi por completo la vegetación, transformándola en ceniza fina. Es decir, los fuegos no solo son más frecuentes; son más calientes y más destructivos.

EL CARBONO QUE VUELVE A LA ATMÓSFERA

El Ártico almacena enormes cantidades de carbono en sus suelos. Durante siglos, el frío lo mantuvo fuera de la atmósfera. Cuando la turba arde, ese depósito se abre de golpe. En 2007, un incendio en la región del río Anaktuvuk liberó miles de millones de kilos de carbono. Gran parte del fuego avanzó bajo tierra, en combustión latente, durante días.

Cada incendio convierte al Ártico de sumidero en fuente de emisiones. Es un bucle de retroalimentación: más calor implica más incendios; más incendios liberan más carbono; más carbono acelera el calentamiento. El sistema climático entra en espiral.

El impacto no se limita a Alaska. El humo viaja cientos de kilómetros, deteriorando la calidad del aire en regiones alejadas. Las partículas finas afectan a la salud de las poblaciones, incluso sin fuego directo. Tras el incendio, el suelo ennegrecido absorbe más radiación solar. Se calienta antes. Se descongela antes. La temporada siguiente comienza en condiciones más favorables para nuevas llamas.

En regiones remotas, las estrategias de extinción son limitadas. Se prioriza la protección de infraestructuras críticas y se deja que el fuego siga su curso. Es una decisión pragmática ante territorios inmensos y de difícil acceso. Pero las consecuencias son acumulativas.

El capitalismo fósil convirtió el Ártico en un almacén de carbono útil para sostener un modelo extractivo. Ahora ese almacén se quema y devuelve la factura.

La planificación territorial empieza a asumir temporadas de incendios regulares en zonas donde antes no se contemplaban. El cruce de datos históricos con mapas actuales de humedad y vegetación permite identificar áreas vulnerables. Monitorizar la sequedad del suelo y la expansión de arbustos puede anticipar riesgos. Pero ninguna estrategia local sustituye la medida estructural: reducir las emisiones globales de gases de efecto invernadero.

No se trata solo de Alaska. Se trata de un sistema climático que pierde estabilidad. De una economía que externaliza costes ambientales y convierte territorios remotos en zonas de sacrificio. De una crisis que no distingue fronteras.

Durante 3.000 años, el fuego fue una rareza en la tundra. En apenas 75 años, lo hemos convertido en norma. El Ártico arde y con él arde la ficción de que podemos seguir creciendo sin límites en un planeta finito.

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