Producimos comida para todas y todos, pero dejamos que 673 millones pasen hambre mientras tiramos 1.000 millones de toneladas a la basura.
El planeta no enfrenta una escasez de alimentos. Enfrenta una obscenidad organizada. Mientras los vertederos se desbordan con productos aptos para el consumo, 673 millones de personas (el 8,2 % de la población mundial) padecieron hambre en 2024 y 2.600 millones no pudieron acceder a una dieta saludable, según datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO). La cifra no es un accidente estadístico. Es la prueba de un modelo que prioriza el beneficio sobre la vida.
En la actualidad, el 13,2 % de los alimentos producidos (1.250 millones de toneladas) se pierde tras la cosecha y antes de llegar a la venta minorista. A ello se suma el desperdicio en hogares, restauración y comercios: 1.000 millones de toneladas en 2022, el 19 % del total del derroche mundial. No hablamos de sobras inevitables. Hablamos de un sistema que produce para descartar.
La escena es global. En México se desperdician 30 millones de toneladas de alimentos aptos para el consumo humano, alrededor del 40 % de lo que produce. En Argentina, cada persona tira 72 kilos al año, y una familia media llega a 198 kilos anuales. En la Unión Europea, el promedio es de 132 kilos por persona al año, con diferencias escandalosas: 286 kilos en Chipre, 261 en Dinamarca y 24 en España, el país que menos derrocha dentro del bloque. Los números dibujan una geografía del exceso y la desigualdad.
Lo más inquietante es que en 2015 la comunidad internacional se comprometió a erradicar el hambre antes de 2030. Faltan cuatro años para esa meta. La tendencia no mejora y la brecha entre el discurso y la realidad se ensancha. No se trata de un fallo técnico. Es un fracaso político.
LA ECONOMÍA DEL DESPILFARRO
El desperdicio alimentario no es un error colateral del sistema. Es uno de sus engranajes. El mercado impone estándares estéticos que condenan toneladas de frutas y verduras “imperfectas”. Se descartan productos por tamaño, forma o color. Se planifican sobreproducciones para sostener precios. Se prioriza la rotación rápida frente a la conservación.
Según el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF), el desperdicio incluye alimentos destinados al consumo que se descartan en cualquier etapa de la cadena: cultivo, almacenamiento, procesamiento, distribución y consumo. Se distinguen pérdidas evitables (comida apta que nunca llega a la mesa) y pérdidas inevitables (cáscaras, huesos, alimentos contaminados). La mayor parte del problema es evitable.
El caso de Suiza, presentado a menudo como modelo de eficiencia, es revelador. En 2024 el desperdicio por persona fue de 310 kilos anuales, apenas un 5 % menos que los 330 kilos registrados en 2017. Cada habitante pierde el equivalente a 800 dólares al año en alimentos descartados. El país se comprometió a reducir a la mitad el desperdicio para 2030. A este ritmo, la promesa es retórica.
En 2025, Suiza estima una pérdida total de 2,8 millones de toneladas, con responsabilidades distribuidas así: agricultura (13 %), procesamiento (27 %), comercialización (8 %), restauración (14 %) y consumidores finales (38 %). La narrativa dominante culpa a las y los consumidores. Pero la cadena empieza mucho antes, en decisiones estructurales de producción y distribución.
El despilfarro tiene además un coste climático. Cuando los alimentos acaban en vertederos generan metano, un gas de efecto invernadero con un potencial de calentamiento muy superior al CO₂. Reducir al menos un tercio del desperdicio actual equivaldría a retirar 500.000 automóviles de circulación en términos de emisiones. El hambre y la crisis climática comparten origen: la lógica extractiva.
EL MITO DE LA ESCASEZ
Persistir en la idea de que el hambre se debe a la falta de alimentos es una coartada cómoda. La realidad es otra. El mundo produce comida suficiente para alimentar a toda su población. El problema es la distribución y la mercantilización de lo esencial.
En los países enriquecidos, el desperdicio se concentra en la fase de consumo. En los países empobrecidos, las pérdidas ocurren en la cosecha por falta de infraestructuras, almacenamiento adecuado y acceso a mercados. El Programa Mundial de Alimentos ha señalado que miles de agricultores y agricultoras ven cómo sus cosechas se pudren por falta de inversión y tecnología. No es incapacidad individual. Es abandono estructural.
Mientras tanto, la FAO intenta sensibilizar con campañas interactivas y retos digitales. Son herramientas útiles, pero insuficientes frente a un sistema que convierte la comida en mercancía antes que en derecho. Cada día los hogares desperdician más de mil millones de platos de comida, lo que equivale a 1,3 comidas diarias para cada persona que hoy padece hambre. No es una metáfora moral. Es una aritmética cruel.
La contradicción es brutal. Se subsidia la sobreproducción mientras se criminaliza la pobreza. Se externalizan costes ambientales y se socializan las consecuencias del hambre. Se habla de eficiencia mientras se acepta que casi una quinta parte de los alimentos producidos termine en la basura.
El derroche alimentario no es un problema doméstico ni un fallo cultural. Es la expresión de un modelo que mide el éxito en toneladas vendidas, no en vidas alimentadas. Basureros llenos y vientres vacíos no son una fatalidad. Son el retrato exacto de una economía que ha decidido que la comida sea negocio antes que derecho.