El tren de borrascas no es mala suerte: es la factura climática

Escrito por Resist.es — febrero 6, 2026
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Enero de 2026 deja al descubierto cómo el calentamiento global convierte la lluvia en amenaza y la inacción en política pública.
España no está atravesando una racha caprichosa de temporales. Está pagando una deuda climática acumulada. Entre enero y comienzos de febrero de 2026, una cadena de borrascas (Goretti, Harry, Ingrid, Joseph, Kristin y Leonardo) ha inundado municipios, cortado carreteras y dañado infraestructuras. Una mujer murió en Torremolinos tras caerle una palmera por el viento. No fue un accidente aislado. Fue el síntoma de un sistema empujado al límite.

La Agencia Estatal de Meteorología confirmó que enero de 2026 fue el segundo más lluvioso del siglo XXI, con 119,3 litros por metro cuadrado, solo por detrás de enero de 2001 (131,5 l/m²). Un 85 % más que la media 1991-2020. Y además, el séptimo enero más húmedo desde 1961. Las cifras importan porque desmienten el relato de la excepcionalidad: esto es tendencia.

EL ÁRTICO SE CALIENTA Y LA ATMÓSFERA SE DESCOMPONE

La explicación no está en el clima local, sino en el sistema planetario. El ecólogo del CSIC Fernando Valladares lo ha expuesto con claridad en su proyecto La Salud de la Humanidad: confundir calentamiento global con tiempo atmosférico es una trampa interesada. Un planeta más cálido no solo multiplica las olas de calor; desestabiliza los engranajes que ordenaban la circulación del aire.

El Ártico se calienta más rápido que la media global. Ese diferencial ondula y debilita la corriente en chorro (jet stream), el río de aire que durante miles de kilómetros separa masas cálidas y frías. Cuando el vórtice polar pierde estabilidad, el aire gélido se derrama hacia el sur y choca con atmósferas cargadas de humedad. El resultado no es equilibrio, es violencia meteorológica.

Un planeta más cálido hace más violentas las tormentas. No por retórica, sino por física. La atmósfera caliente retiene más vapor de agua y libera esa energía cuando se dan las condiciones. La cadena de borrascas no es una anomalía: es la nueva normalidad de un sistema forzado.

OCÉANOS RECALENTADOS, INFRAESTRUCTURAS FRÁGILES

El otro motor del desastre está bajo la superficie. Los océanos absorben la mayor parte del exceso de calor generado por las emisiones de CO₂. Un estudio de 2024 publicado en Nature Climate Change demuestra que el calentamiento oceánico explica cambios profundos en los patrones de precipitación, incluido el desplazamiento hacia el sur de la zona de convergencia intertropical y una mayor humedad en latitudes altas. Más energía almacenada significa impactos más duraderos.

Ese calor oceánico no desaparece. Se traduce en nevadas récord puntuales, lluvias engelantes, aguanieve y tormentas menos frecuentes pero más feroces. La nieve cae menos; el agua llega más fría y más dañina. Las redes eléctricas y el transporte son de las primeras víctimas.

Un trabajo del Institute of Electrical and Electronics Engineers (marzo de 2025) advierte del impacto directo de la meteorología extrema sobre las operaciones y la infraestructura de las redes. No es solo una cuestión técnica: es un riesgo social. Cuando falla la energía, fallan los cuidados, la movilidad y la seguridad. Las personas trabajadoras pagan la factura, mientras los beneficios de quienes alimentan el calentamiento permanecen intactos.

Frente a este escenario, Valladares propone medidas concretas y conocidas: restaurar humedales y bosques de ribera, rediseñar ciudades con suelos permeables y drenaje sostenible, mejorar la eficiencia energética y reforzar sistemas de alerta temprana. No es ideología, es prevención. Pero la prevención choca con un modelo que externaliza daños y privatiza ganancias.

El discurso dominante pide paciencia y resiliencia individual. La ciencia exige responsabilidad colectiva. Las y los responsables políticos miran al cielo mientras los mercados miran al calendario de beneficios. Las y los técnicos alertan; las y los jueces actúan tarde; las enfermeras y enfermeros sostienen emergencias que no eligieron. El capitalismo fósil sigue operando como si el clima fuera un coste asumible.

No es mala suerte, no es lluvia de siempre, no es imprevisible: es el precio de seguir calentando el planeta y llamar progreso a la devastación.

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