Trump declara la guerra a las renovables

Written by Resist.es — 14 de abril de 2026
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La Casa Blanca señala a la energía solar y eólica como un problema mientras refuerza su apuesta por gas, nuclear y combustibles fósiles

La hoja de ruta energética de Estados Unidos ha dado un giro brusco. No es un matiz, ni un ajuste técnico. Es un cambio de dirección claro. La administración de Donald Trump ha decidido poner freno a la expansión de las energías renovables y lo ha hecho por escrito, con cifras y argumentos que no dejan mucho margen a la interpretación. El último informe económico de la Casa Blanca, publicado el 13 de abril, lo resume con crudeza: la energía solar y eólica son “menos confiables” y su desarrollo ha generado problemas más que soluciones.

No es solo un cambio de discurso. Es política concreta. Es dinero. Es legislación. Trump ha decidido desmontar buena parte de los incentivos que durante décadas impulsaron la transición energética. Y lo hace en un momento en el que el debate climático sigue abierto, pero cada vez más condicionado por intereses industriales, geopolíticos y tecnológicos.

El giro hacia los combustibles fósiles

Desde el inicio de su segundo mandato, Trump ha insistido en una idea: la política energética de los últimos 20 años estuvo “impulsada por la agenda climática”. Bajo esa premisa, firmó la llamada “One Big Beautiful Bill Act”, una ley que elimina progresivamente los créditos fiscales para la energía solar y eólica hasta el 2028.

El argumento es sencillo, casi demasiado. Según la narrativa oficial, estas tecnologías han encarecido los costes energéticos para la ciudadanía estadounidense. No se habla tanto de emisiones, ni de sostenibilidad. Se habla de precios. De eficiencia inmediata. De control.

La consecuencia es evidente. Las inversiones se están redirigiendo. El gas natural, la energía nuclear y las infraestructuras de red vuelven al centro del tablero. No como complemento, sino como eje principal de la estrategia energética.

Un informe que cuestiona la solar y la eólica

El documento del Consejo de Asesores Económicos (CEA) dedica un capítulo completo, el capítulo 4, a justificar esta ruptura con las renovables. La tesis es clara: para lograr la “dominancia energética y prosperidad americana”, Estados Unidos debe reducir su dependencia de fuentes consideradas inestables.

Los datos que aporta el informe buscan reforzar ese relato. Según cifras de la Administración de Información Energética (EIA) de 2024, el factor de capacidad —la cantidad real de energía producida frente al máximo posible— muestra diferencias significativas: la energía nuclear alcanza un 90,8%, el gas natural un 60,5%, la eólica un 34,3% y la solar fotovoltaica apenas un 23,2%.

Traducido a términos prácticos, el informe plantea que de los 200 GW de capacidad solar proyectados para 2030, solo unos 58 GW se traducirían en generación efectiva. Un cálculo que pone en duda la rentabilidad real de estas instalaciones y que sirve como base para justificar el recorte de incentivos.

A esto se suma una crítica directa a la etapa anterior. La Ley de Reducción de la Inflación impulsada durante la presidencia de Biden generó un aumento masivo de proyectos solares, muchos de ellos aún en espera. Según el informe, más del 80% de las iniciativas del sector energético se encuentran en esa situación, lo que la administración actual interpreta como una señal de inviabilidad económica.

China y la seguridad energética

Otro de los pilares del discurso es la dependencia tecnológica. La Casa Blanca apunta directamente a China como principal proveedor de equipos solares y eólicos. Y lo convierte en un problema de seguridad nacional.

El razonamiento es directo: si la transición energética depende de tecnología extranjera, especialmente de un rival geopolítico, entonces compromete la independencia energética del país. Es un argumento que mezcla economía, política exterior y estrategia industrial. Y que encaja bien en el marco más amplio de confrontación entre Estados Unidos y China.

La inteligencia artificial entra en el debate

Hay un elemento nuevo que cambia el tablero. La inteligencia artificial. O, más concretamente, su consumo energético. La Casa Blanca sostiene que los centros de datos requieren un suministro constante, estable, sin interrupciones. Y señala directamente a las renovables como incapaces de garantizarlo.

El informe habla de una demanda creciente que podría alcanzar los 600 kW por rack hacia finales de 2027. Una cifra que ilustra la magnitud del desafío. Y que se utiliza como argumento para reforzar la inversión en fuentes consideradas más fiables, como el gas natural o la energía nuclear.

De hecho, las inversiones en infraestructuras energéticas vinculadas a este nuevo escenario ya superan el billón de dólares desde el inicio del segundo mandato de Trump. Es una apuesta clara. No hay ambigüedad.

Lo que está en juego no es solo el modelo energético. Es el modelo económico, tecnológico y geopolítico de las próximas décadas. Y Estados Unidos ha decidido, al menos por ahora, apostar por lo conocido. Por lo que controla. Aunque eso implique frenar una transición que, hasta hace poco, parecía inevitable.

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