Mientras el mayor incendio de la historia de Nebraska devora el territorio, el gobernador pide oraciones. En plena crisis climática, parte del poder político sigue respondiendo con fe en lugar de políticas.
La escena parece sacada de otra época. Mientras miles de hectáreas arden, mientras el viento empuja las llamas y los equipos de emergencia luchan por contener una catástrofe, la máxima autoridad política del estado pide rezos. No medidas estructurales. No una reflexión sobre el modelo energético o sobre la crisis climática. Rezos.
El gobernador de Nebraska, Jim Pillen, recurrió a sus redes sociales para pedir a la población que “continúe orando” por los equipos que combaten el mayor incendio forestal registrado en la historia del estado. La petición llega en medio de una emergencia que ha devastado una extensión gigantesca del territorio y que ha puesto en evidencia una realidad cada vez más difícil de ignorar: los incendios ya no son episodios aislados, sino síntomas de una crisis ambiental profunda.
Las cifras hablan por sí solas. Más de 240.000 hectáreas han sido arrasadas por las llamas en las regiones centro y oeste de Nebraska. Tres grandes focos activos se han expandido durante días alimentados por condiciones climáticas extremas. Para el mediodía del sábado, el fuego había alcanzado una superficie superior a 2.430 kilómetros cuadrados, una extensión comparable a la de una gran área metropolitana.
Las autoridades estatales han activado el estado de emergencia y movilizado todos los recursos disponibles. La Guardia Nacional de Nebraska fue desplegada en la zona, junto con dos helicópteros UH-60 Blackhawk para apoyar a los bomberos locales. En el condado de Morril, uno de los más golpeados por el desastre, las llamas se extendieron por cerca de 1.880 kilómetros cuadrados, alcanzando también otros tres condados cercanos.
La Agencia de Manejo de Emergencias del estado confirmó que al menos una persona ha muerto y que varias estructuras han sido destruidas. Las imágenes de casas calcinadas y campos convertidos en cenizas recorren ahora las redes sociales mientras las autoridades intentan contener el avance del fuego.
Pero en medio de ese escenario aparece una paradoja cada vez más habitual en la política contemporánea: el recurso a la fe como sustituto del debate sobre las causas profundas del desastre.
LA POLÍTICA DEL REZO ANTE EL COLAPSO CLIMÁTICO
Pedir oraciones en un momento de crisis puede parecer un gesto simbólico. Un acto de consuelo colectivo. Pero cuando se convierte en la respuesta central de un liderazgo político ante una catástrofe ambiental, el gesto adquiere otra dimensión. Se transforma en una forma de evasión.
Porque lo que está ocurriendo en Nebraska no es un fenómeno aislado. En las últimas décadas, los incendios forestales se han intensificado en numerosas regiones del planeta. El aumento de las temperaturas, las sequías prolongadas y los cambios en los patrones de viento están creando las condiciones perfectas para incendios cada vez más devastadores.
En este caso, los vientos jugaron un papel decisivo. Se registraron ráfagas de hasta 105 kilómetros por hora, lo que facilitó la rápida propagación de las llamas y dificultó el trabajo de los equipos de extinción.
La ciencia lleva años advirtiendo de este escenario. Los incendios extremos se están convirtiendo en parte de la nueva normalidad climática. Sin embargo, la respuesta política sigue oscilando entre la improvisación y el simbolismo religioso.
No es la primera vez que ocurre. En Estados Unidos, políticos de distintos estados han recurrido en múltiples ocasiones a llamados públicos a la oración durante desastres naturales. Huracanes, incendios, sequías o inundaciones han sido acompañados de ese mismo discurso: rezar para superar la tragedia.
El problema no es la fe individual. El problema es cuando la fe se utiliza como sustituto de la responsabilidad política. Porque las oraciones no reducen emisiones. No cambian modelos energéticos. No restauran ecosistemas. No previenen incendios.
UN PAÍS SACUDIDO POR EL CLIMA EXTREMO
Mientras Nebraska ardía, otras regiones de Estados Unidos enfrentaban fenómenos meteorológicos extremos. En la zona de los Grandes Lagos, violentas ráfagas de viento provocaron daños materiales y cortes masivos de electricidad.
En el aeropuerto Cleveland Burke Lakefront se registraron vientos de 137 kilómetros por hora, mientras que en el Aeropuerto Internacional de Pittsburgh las ráfagas alcanzaron los 106 kilómetros por hora, una de las más intensas registradas sin presencia de tormentas eléctricas.
Las consecuencias fueron inmediatas. Según el portal de monitoreo energético PowerOutage.us, citado por The Associated Press, al menos 346.000 usuarios permanecían sin suministro eléctrico en los estados de Ohio, Pensilvania y Michigan durante las últimas horas del sábado.
Las condiciones climáticas adversas también provocaron daños estructurales. En el suburbio de Niles, cerca de Chicago, el techo de una escuela sufrió graves daños. En varias ciudades de Ohio y Pensilvania se reportaron derrumbes de pequeñas construcciones, mientras que en Cleveland y Pittsburgh numerosos residentes despertaron con árboles caídos sobre sus viviendas o vehículos.
Las alertas meteorológicas se extendieron a otros puntos del país. En Hawái se activaron advertencias por lluvias intensas en la playa de Kihei. En Phoenix, las previsiones apuntan a temperaturas que podrían alcanzar los 37 °C durante la próxima semana.
Mientras tanto, Chicago experimenta una ola de frío con temperaturas por debajo de -18 °C, y en Minneapolis se esperan mínimas bajo cero. En Minnesota, varias localidades han declarado emergencia climática debido a fuertes nevadas, una situación que también afecta a Wisconsin y a la península superior de Michigan.
El mapa climático del país parece una colección de extremos: incendios masivos, vientos destructivos, olas de frío intenso y temperaturas anormalmente altas conviviendo al mismo tiempo.
Y en medio de ese paisaje de inestabilidad creciente, la política vuelve a ofrecer una respuesta antigua: rezar.
Las llamas no escuchan plegarias. Sólo responden a las condiciones físicas que las alimentan. Y mientras esas condiciones sigan empeorando, ningún incendio se apagará con palabras dirigidas al cielo.