La trampa verde: las renovables no salvarán el planeta si no cambiamos el sistema

Written by Resist.es — 16 de marzo de 2026
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La transición energética es necesaria, pero si se mantiene intacto el modelo de crecimiento ilimitado, el capitalismo seguirá devorando el planeta aunque funcione con paneles solares.

Durante años se ha repetido una promesa casi mágica: cambiar combustibles fósiles por energías renovables bastará para salvar el planeta. Paneles solares en los tejados, aerogeneradores en las colinas, coches eléctricos en las carreteras. La imagen resulta seductora porque parece ofrecer una salida limpia sin exigir cambios profundos en el modelo económico. Pero esa promesa tiene una grieta fundamental: la crisis ecológica no es solo un problema energético, es un problema de sistema.

Incluso si mañana toda la energía del mundo procediera de fuentes renovables, seguiríamos enfrentando una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando una economía entera está diseñada para crecer sin límite en un planeta que sí lo tiene? La respuesta es simple y brutal. No hay tecnología capaz de sostener un modelo basado en producir cada vez más, consumir cada vez más y extraer cada vez más recursos.

La transición energética es imprescindible. Pero por sí sola no basta.

UN SISTEMA ENERGÉTICO QUE HA DEFINIDO EL MUNDO

Desde la Revolución Industrial, el desarrollo económico global ha estado ligado a los combustibles fósiles. Carbón, petróleo y gas natural han impulsado fábricas, transportes, ciudades y ejércitos. Pero también han moldeado la geopolítica del planeta. Quien controla la energía controla la economía y, a menudo, la guerra.

El impacto climático de ese modelo es ya imposible de negar. Aproximadamente el 80 % de las emisiones globales de CO₂ provienen de la quema de combustibles fósiles, una cifra que explica el acelerado calentamiento del planeta. Olas de calor cada vez más intensas, sequías prolongadas, incendios forestales devastadores, inundaciones recurrentes y la subida del nivel del mar forman parte de una nueva normalidad climática.

Pero el problema no termina en el clima. La crisis energética se traduce también en tensiones sociales, desplazamientos de población y conflictos geopolíticos. La energía no solo alimenta nuestras casas y nuestras industrias: alimenta también las jerarquías globales de poder.

Ante esta situación, las energías renovables se presentan como una alternativa imprescindible. La tecnología solar, por ejemplo, ha avanzado de forma vertiginosa. El coste de la energía fotovoltaica ha caído más de un 90 % en apenas una década, y nuevas tecnologías como las celdas de perovskita prometen abaratar aún más su producción.

Además, el potencial energético del sol es inmenso. La energía solar que llega a la Tierra en una sola hora podría cubrir toda la demanda energética global durante un año.

Sobre el papel, la solución parece evidente. Pero en la práctica surge un problema mucho más profundo.

EL CAPITALISMO NECESITA CRECER, Y EL PLANETA NO

El verdadero desafío no está solo en cómo producimos energía, sino en cuánta energía consumimos y por qué. La economía global sigue organizada alrededor de un principio aparentemente incuestionable: el crecimiento permanente.

El progreso económico se mide a través del Producto Interior Bruto. Más producción, más consumo, más inversión, más crecimiento. Un sistema que necesita expandirse continuamente para no entrar en crisis.

Sin embargo, esta lógica choca con una realidad física elemental. Como señalan investigadores como Tim Jackson o Jason Hickel, referenciados en este recomendable artículo de The Conversation, el crecimiento material infinito es imposible en un planeta con recursos finitos.

Los datos lo confirman. A escala global, el consumo energético sigue estrechamente ligado al crecimiento del PIB. Durante décadas se ha defendido que sería posible “desacoplar” el crecimiento económico del uso de recursos naturales. Es decir, seguir creciendo mientras se reduce el impacto ambiental.

Pero ese desacoplamiento real no ha ocurrido.

Existe además una paradoja bien conocida en economía: el efecto rebote. Cuando una tecnología se vuelve más eficiente, el coste de usarla disminuye. Y cuando algo se vuelve más barato, se consume más. El resultado final puede ser, paradójicamente, un aumento del consumo total.

Esto significa que incluso una transición energética basada completamente en renovables podría terminar alimentando un nuevo ciclo de expansión material. Más energía disponible podría traducirse en más producción industrial, más extracción de minerales y más presión sobre los ecosistemas.

Las cifras del metabolismo económico global ya muestran esa tendencia. La huella material de la economía mundial se ha triplicado desde 1970, empujando al planeta más allá de varios de los llamados límites planetarios.

Y ese crecimiento tiene un precio humano.

Los materiales necesarios para fabricar paneles solares, turbinas eólicas y baterías —cobalto, cobre, litio, plata o tierras raras— se extraen principalmente en el Sur Global. En muchos casos bajo condiciones laborales precarias y con impactos ambientales devastadores.

Las minas de cobalto en la República Democrática del Congo, los salares de litio en Argentina, Bolivia y Chile, o la explotación de tierras raras en el sudeste asiático muestran que la llamada transición verde corre el riesgo de reproducir viejas dinámicas coloniales. Los costes humanos y ecológicos se concentran en el Sur, mientras los beneficios económicos fluyen hacia el Norte Global.

Por eso el desafío energético no puede limitarse a sustituir unas fuentes de energía por otras. Cambiar petróleo por electricidad no resolverá el problema si la lógica económica sigue siendo la misma.

La cuestión de fondo es política y civilizatoria. No se trata solo de producir energía limpia, sino de decidir para qué la usamos, cuánto necesitamos realmente y quién paga el precio de producirla.

Porque un sistema económico que convierte el crecimiento en dogma puede terminar arrasando el planeta incluso si funciona con energía solar.

Y la verdadera transición pendiente no es solo energética.
Es una transición contra la lógica que convierte el planeta en combustible.

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