Llueve sobre tierra agotada: por qué el agua no garantiza el fin de la sequía

Escrito por Resist.es — febrero 3, 2026
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Las lluvias persistentes no reparan décadas de degradación del suelo ni corrigen un modelo territorial que convierte cada verano en una cuenta atrás.

Durante semanas ha llovido en lugares donde ya casi habíamos olvidado cómo sonaba el agua golpeando el suelo. Embalses que suben, campos que reverdecen y titulares apresurados que sugieren alivio. Pero la sequía estructural que amenaza cada verano no se disuelve con un paréntesis húmedo. Y no lo dice una consigna ecologista, lo explica la ciencia del suelo.

En una entrevista en La Ventana, el investigador Felipe Bastida, del CSIC, ponía el foco donde casi nunca se mira: bajo nuestros pies. No toda la lluvia se convierte en agua útil, y no todos los suelos están en condiciones de aprovecharla. Tras años de estrés hídrico, lo que debería ser una buena noticia puede convertirse en un espejismo si no se entiende cómo funciona el territorio que pisamos.

EL SUELO TAMBIÉN SE SECA, AUNQUE LLUEVA

Uno de los errores más habituales es pensar el agua solo en términos de cantidad. Bastida recuerda que la estructura del suelo es determinante. En amplias zonas del sureste del Estado español (Murcia, Almería, partes de Valencia), los suelos son pobres en materia orgánica, el componente clave para retener agua. Sin ella, la lluvia pasa, empapa superficialmente y se pierde con rapidez.

La materia orgánica actúa como una esponja, pero llevamos décadas destruyéndola con agricultura intensiva, sobreexplotación, urbanización y abandono de prácticas regenerativas. El resultado es un suelo incapaz de almacenar agua de forma eficaz, tanto para los cultivos como para los ecosistemas.

Las lluvias actuales, explica Bastida, no están siendo especialmente erosivas ni torrenciales, lo que les da un valor agronómico inmediato. A corto plazo, el suelo se beneficia. Pero ese beneficio tiene fecha de caducidad. Con las temperaturas del verano, gran parte de esa agua se evaporará o se perderá sin haber reforzado la resiliencia del territorio.

Aquí está la trampa del optimismo climático: confundir una mejora puntual con una solución estructural.

Un suelo saturado de agua tampoco es sinónimo de fertilidad. El exceso hídrico reduce la microbiota, esa vida invisible que sostiene la productividad agrícola. Sin oxígeno, sin intercambio de gases, el suelo se empobrece. Bastida habla de anoxia, una situación poco frecuente de forma generalizada, pero reveladora de un problema mayor: hemos llevado el suelo a un estado límite.

EL PROBLEMA NO ES LA LLUVIA, ES EL MODELO

El discurso técnico conecta con una realidad política incómoda. Vivimos en un escenario de extremos climáticos cada vez más frecuentes: sequías largas seguidas de lluvias concentradas, olas de calor y frío, episodios que ponen en evidencia la fragilidad del territorio. El agua siempre busca su cauce, recuerda Bastida, y cuando el urbanismo, las infraestructuras y los drenajes ignoran esa evidencia, el desastre deja de ser natural.

No es solo una cuestión meteorológica. Es una crisis de gestión y de modelo económico. Se construye donde no se debe, se impermeabiliza el suelo, se canaliza el agua como si fuera un estorbo y se sacrifica la capacidad de absorción del territorio en nombre del beneficio inmediato. Luego llegan las inundaciones, los daños y la retórica de la excepcionalidad.

El cambio climático no crea estos problemas desde cero, los acelera. Y lo hace sobre suelos erosionados, empobrecidos y maltratados. Por eso llover más no garantiza estar mejor preparados. Sin una transformación profunda en la forma de gestionar la tierra, el agua seguirá siendo una visita fugaz.

Bastida insiste en que la situación no es homogénea. Hay zonas donde la lluvia está siendo claramente positiva y otras donde ya aparecen problemas. Esa desigualdad territorial también es política. Depende de cómo se ha tratado el suelo durante décadas, de si se ha protegido o explotado, de si se ha pensado a largo plazo o solo hasta la próxima campaña.

La sequía del verano no está descartada porque el problema no es que falte agua, sino que hemos aprendido a vivir dándole la espalda a la tierra que debería sostenerla.

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