Reducir entre un 40% y un 45% las emisiones antes de 2030 no es una opción técnica, es un choque directo con un modelo económico que se niega a cambiar
Durante años, el debate climático ha girado obsesivamente en torno al CO₂, mientras otro gas, mucho más incómodo para los intereses económicos dominantes, permanecía en un segundo plano. El metano (CH4), responsable de entre un 20% y un 30% del calentamiento global desde la era industrial, ha sido sistemáticamente invisibilizado en las políticas públicas y en el relato mediático. No por desconocimiento, sino porque señalarlo implica cuestionar de raíz sectores enteros del capitalismo contemporáneo.
El reciente informe sobre la situación del metano publicado por Ecologistas en Acción no deja margen para la ambigüedad: estamos ante uno de los factores más determinantes del calentamiento global a corto plazo. Su alta capacidad de calentamiento y su menor permanencia en la atmósfera lo convierten en un objetivo prioritario. Reducir sus emisiones entre un 40% y un 45% antes de 2030 podría ser decisivo para mantener el aumento de la temperatura en 1,5 °C, el umbral que la comunidad científica lleva años señalando como límite crítico.
Sin embargo, lo que el informe realmente pone sobre la mesa no es solo un problema ambiental, sino una evidencia incómoda: el modelo económico actual no puede sostenerse sin destruir el equilibrio climático. Y el metano es una de las grietas más visibles de ese sistema.
LOS SECTORES QUE CONTAMINAN Y EL SILENCIO POLÍTICO
El documento identifica tres grandes responsables de las emisiones de metano de origen humano: el sistema agroalimentario, el sector energético y la gestión de residuos. En conjunto, concentran alrededor del 60% de las emisiones globales. No se trata de sectores marginales, sino del núcleo duro de la economía globalizada.
La ganadería industrial, convertida en una maquinaria intensiva de producción de carne barata, es uno de los principales focos de emisión. Un sistema que exprime a las trabajadoras y trabajadores del campo, destruye ecosistemas y convierte a los animales en unidades de producción. No es solo un problema climático, es una cuestión de explotación estructural.
El sector energético tampoco queda al margen. La extracción, transporte y consumo de combustibles fósiles liberan grandes cantidades de metano. A pesar del discurso institucional sobre transición ecológica, la dependencia del gas y del petróleo sigue siendo la columna vertebral del sistema energético. Cambian los discursos, pero no las infraestructuras.
En paralelo, la gestión de residuos refleja otro síntoma del mismo modelo: producir, consumir y desechar. Vertederos saturados que emiten metano mientras se mantiene intacta una lógica de consumo desmedido. El problema no es técnico, es político y económico.
Y sin embargo, las políticas públicas siguen actuando como si el metano fuera un actor secundario. Iniciativas como el Compromiso Mundial del Metano, impulsado en la COP26 y firmado por más de 140 países, incluido el Estado español, evidencian una voluntad formal que no se traduce en medidas estructurales. No existe un objetivo estatal específico de reducción para 2030 ni un plan integral que aborde conjuntamente estos sectores.
La inacción no es casual. Reducir el metano implica intervenir directamente en los pilares del modelo económico. Y eso choca con intereses empresariales profundamente arraigados.
NO ES TECNOLOGÍA, ES SISTEMA
Uno de los puntos más contundentes del informe es el rechazo a las soluciones superficiales. No basta con mejorar la eficiencia ni con introducir tecnologías de captura. El problema no es cómo producimos, sino qué producimos, para quién y bajo qué lógica.
En el ámbito energético, la transición hacia renovables es imprescindible, pero insuficiente si no va acompañada de una reducción del consumo. La promesa de crecimiento infinito con energía “verde” es una ficción. No se puede sostener el mismo nivel de extracción y consumo sin seguir destruyendo el planeta.
En el sistema agroalimentario, el informe apunta hacia la agroecología como alternativa. Esto implica reducir de forma drástica la ganadería industrial, apostar por modelos locales y cambiar los hábitos de consumo. No es una cuestión individual, es una transformación colectiva que afecta a toda la cadena alimentaria.
En la gestión de residuos, la solución pasa por romper con la lógica del usar y tirar. Reducir el desperdicio alimentario, avanzar hacia modelos circulares y cuestionar el consumo innecesario. La economía circular no puede ser un eslogan, tiene que ser una ruptura real con el modelo actual.
El metano, en este contexto, actúa como un indicador. Un síntoma que revela hasta qué punto el sistema económico global está basado en dinámicas insostenibles. Como señala Marta Orihuel, portavoz de Ecologistas en Acción, este gas no solo es una palanca climática, sino también una prueba de los límites del modelo vigente.
Reducir el metano no es una decisión técnica, es un conflicto político entre la vida y el beneficio. Y mientras ese conflicto se siga evitando, el calentamiento global no será un error del sistema, sino su consecuencia directa.
El problema nunca fue el metano: el problema es el modelo que lo produce.