Argentina vacía sus laboratorios: el derrumbe histórico de la ciencia pública

Written by Resist.es — 14 de abril de 2026
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El presupuesto cae al 0,140 % del PBI y deja al sistema científico en su nivel más bajo desde 1972

Argentina se desliza hacia un punto crítico. No es una metáfora ni una exageración. Los números lo dicen con claridad incómoda. La inversión pública en ciencia y tecnología caerá en 2026 hasta el 0,140 % del Producto Bruto Interno, el nivel más bajo desde que existen registros oficiales en 1972. No hay precedentes recientes. No hay margen para el optimismo.

Los datos aparecen recogidos en el análisis presupuestario del Sistema Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación publicado por el Grupo EPC-CIICTI, que describe un escenario de caída sostenida y acelerada. El documento no se limita a una fotografía puntual. Es una tendencia que viene de lejos y que ahora se intensifica.

Porque no se trata solo de un mal año. El informe señala que, al cierre del primer trimestre de 2026, el financiamiento del sector acumula un desplome del 50,8 % respecto a 2023. La mitad. Literalmente la mitad de los recursos en apenas tres años. Y no hay señales de corrección. Más bien lo contrario.

Lo que está en juego no es solo un presupuesto. Es la estructura misma del sistema científico. Su capacidad de sostener equipos, proyectos, carreras. Su continuidad.

Un retroceso que ya no se disimula

Durante años, la inversión en ciencia en Argentina ha sido irregular. Subidas tímidas, recortes puntuales. Pero lo que ocurre ahora tiene otra dimensión. Es un retroceso estructural. Profundo. Persistente.

La propia ley que debía blindar el sistema ha quedado desactivada en la práctica. La Ley 27.614 de Financiamiento de la Ciencia y la Tecnología, que establecía un crecimiento progresivo del presupuesto, está hoy suspendida. Y sus objetivos, directamente ignorados.

En 2024, el gasto en ciencia apenas alcanzó algo más de la mitad de lo que marcaba esa norma. En 2026, el presupuesto ejecutado supera por poco el 25 % del mínimo previsto. La distancia entre lo comprometido y lo real ya no es una desviación. Es un abismo.

Y ese abismo tiene consecuencias muy concretas. No abstractas. Muy reales. Proyectos paralizados. Equipos que se disuelven. Investigadoras e investigadores que emigran o abandonan.

Organismos clave en caída libre

El impacto de los recortes se concentra, con especial crudeza, en las instituciones centrales del sistema. El Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet), columna vertebral de la investigación en el país, prevé una nueva caída del 18,2 % en 2026. No es un ajuste aislado.

Se suma a los recortes ya registrados en 2024 (17,7 %) y 2025 (14,2 %). El resultado es una reducción acumulada del 42,2 % en tres años. Casi la mitad de su capacidad financiera evaporada en un periodo muy corto. Demasiado corto para adaptarse. Demasiado largo para resistir sin daños irreversibles.

El panorama es aún más severo en otros organismos estratégicos. La Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE), responsable del desarrollo del Plan Espacial Nacional y participante en proyectos internacionales de alto nivel, afrontará en 2026 un recorte adicional del 53,7 %. Más de la mitad de su presupuesto. En un solo golpe.

Hablamos de una institución que forma parte de iniciativas globales como la misión ATENEA-ARTEMIS de la NASA. No es un actor menor. No es un lujo. Es infraestructura científica crítica. Y está siendo desmontada a velocidad de vértigo.

El efecto acumulativo empieza a notarse en todo el sistema. No solo en los grandes organismos. También en universidades, centros de investigación, programas de formación. La ciencia no funciona por compartimentos aislados. Cuando una pieza cae, arrastra a las demás.

El coste de desinvertir en conocimiento

Reducir la inversión en ciencia no es solo una decisión presupuestaria. Es una apuesta política. Una renuncia. Porque el impacto no se limita al presente. Se proyecta hacia el futuro.

Menos financiación implica menos investigación básica, menos desarrollo tecnológico, menos innovación. Menos capacidad para responder a crisis sanitarias, ambientales o productivas. Menos soberanía. Menos margen de maniobra.

Y también implica algo más silencioso, pero igual de grave. La pérdida de talento. Cuando las condiciones se deterioran, quienes pueden se van. Y quienes se quedan, trabajan en condiciones cada vez más precarias. La fuga no siempre es inmediata, pero termina llegando.

Argentina ya ha vivido ciclos de desmantelamiento científico en el pasado. Pero el nivel actual de ajuste, medido en cifras y velocidad, sitúa el momento en otro lugar. Más profundo. Más difícil de revertir.

No es solo una cuestión de dinero. Es una cuestión de prioridades. Y ahora mismo, la ciencia ha dejado de ser una de ellas.

Porque cuando un país decide reducir su inversión en conocimiento hasta el mínimo histórico de 0,140 % del PBI, no está ajustando una partida. Está definiendo su futuro.

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