Cuotas al alza, consumo en caída y un negocio que sobrevive a base de exportaciones, turismo y comida para perros
El 1 de abril, Noruega volvió a hacer lo que buena parte del mundo dejó atrás hace décadas: reabrir su temporada anual de caza comercial de ballenas. Lo hizo sin grandes titulares. Sin ruido. Como si no pasara nada. Y sin embargo pasa. Pasa que, junto a Japón e Islandia, sigue siendo uno de los pocos países que matan ballenas por beneficio económico.
No es una práctica menor. Desde que la Comisión Ballenera Internacional estableció una moratoria global en los años 80, Noruega ha seguido adelante por su cuenta. El resultado: más de 16.000 ballenas asesinadas desde entonces. Más que ningún otro país.
Este año, la cuota autorizada asciende a 1.641 rorcuales aliblancos. Son 235 más que el año pasado. La cifra sube, aunque la realidad no acompaña. En 2025 se cazaron 429 ballenas, muy por debajo del límite permitido. Hay menos interés. Mucho menos.
Y es que el problema es evidente. En Noruega, prácticamente nadie quiere comer carne de ballena. Una encuesta de 2024 señala que apenas el 1% de la población la consume de forma habitual. Es decir, se mata sin demanda real. Se mata porque se puede.
¿Qué se hace entonces con la carne? Se exporta. Aproximadamente un tercio acaba en Japón. Otra parte se reconvierte en producto turístico. Salchichas, hamburguesas, snacks con estética “vikinga” que se venden en aeropuertos. Y sí, también se vende como comida para perros.
Empresas como Myklebust Hvalprodukter comercializan carne de ballena cruda o deshidratada para mascotas. Incluso aceite para mejorar el brillo del pelaje. Es difícil no verlo: un negocio que sobrevive reinventándose, aunque ya no tenga sentido económico ni social.
Mientras tanto, la caza sigue desarrollándose lejos de la vista pública. En aguas remotas. Sin supervisión independiente a bordo. Los propios barcos reportan sus datos. Cuántas ballenas matan, cuántas eran hembras, cuántas estaban embarazadas.
Y aquí aparece otro dato incómodo. En 2025, de las 429 ballenas cazadas, 287 eran hembras. De ellas, alrededor del 60% estaban embarazadas. No es un detalle menor. Es una tendencia. Y tiene consecuencias.
Según un análisis de riesgo de 2019, eliminar de forma desproporcionada a las hembras reduce el crecimiento de la población y desestabiliza la especie a largo plazo. No es difícil entenderlo. Se está afectando directamente a la capacidad reproductiva.
Todo esto ocurre mientras las ballenas ya enfrentan otro problema: el cambio climático. Cambios en la distribución de sus presas, océanos más cálidos, menos alimento. En algunos casos, incluso se han detectado ejemplares visiblemente delgados tras el invierno.
Pero hay más. Mucho más.
Un negocio sin demanda que ignora el impacto ecológico
Las ballenas no son solo animales grandes en el océano. Son piezas clave del equilibrio marino. Lo sabemos mejor que nunca. Un solo ejemplar puede capturar alrededor de 30 toneladas de CO₂ a lo largo de su vida. Cuando muere y se hunde, ese carbono queda atrapado durante siglos.
No es una teoría. Es un hecho respaldado por la comunidad científica. Y se suma a otro papel esencial: su contribución a la fertilización del océano. A través de sus excrementos liberan nutrientes que estimulan el crecimiento del fitoplancton, base de toda la cadena alimentaria marina.
Un estudio reciente del Instituto de Investigación Marina de Noruega, publicado en este informe científico de 2025, concluye que en zonas como el mar de Barents o el Ártico, las ballenas pueden aumentar la productividad oceánica hasta en un 10% durante los meses de verano.
Es decir, no solo no “compiten” con la pesca, como a veces se argumenta desde el Gobierno noruego. Al contrario. Ayudan a sostenerla. Mantienen el sistema en equilibrio.
Eliminar ballenas no es solo un problema ético. Es un problema ecológico. Y también climático.
Una práctica que ni siquiera puede considerarse “humana”
Quienes defienden la caza hablan de métodos “controlados”. De minimizar el sufrimiento. La realidad es otra. Según datos de organizaciones animalistas, al menos 1 de cada 5 ballenas no muere de forma instantánea tras recibir el impacto del arpón explosivo.
Muchas tardan minutos en morir. Una media de al menos 6 minutos. En algunos casos, mucho más. Activistas han documentado escenas difíciles de sostener: animales que escapan con el arpón clavado, otros que permanecen vivos mientras son arrastrados junto a los barcos.
No es un accidente. Es parte del proceso. La caza se realiza desde embarcaciones en movimiento, disparando a animales que apenas emergen unos segundos para respirar. Precisión limitada. Impacto variable. Resultado imprevisible.
Todo esto ocurre mientras crece la evidencia científica de que las ballenas son seres inteligentes, con estructuras sociales complejas, capacidad de comunicación y vínculos emocionales. No es una discusión abierta. Es conocimiento acumulado.
Aun así, la maquinaria sigue en marcha. Con cuotas que suben. Con demanda que cae. Con una industria que se adapta para no desaparecer.
Y con una presión internacional creciente. Como recoge la cobertura de los juicios a activistas contra la caza de ballenas en Islandia, el conflicto ya no es solo ambiental. Es político. Es social.
En Noruega, muchas personas ni siquiera saben que esta caza continúa. Ocurre lejos. Sin imágenes. Sin debate público real. Fuera de foco.
Pero sigue ocurriendo. Año tras año.
Y cada temporada deja la misma pregunta flotando en el aire, incómoda, difícil de esquivar: qué sentido tiene seguir matando ballenas cuando ni siquiera el mercado las quiere.