El Niño se acerca a un planeta ya sobrecalentado

Written by Resist.es — 8 de junio de 2026
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La OMM habla de un 80% de probabilidad entre junio y agosto y de cerca del 90% hasta noviembre. No es una anomalía inocente: es otro golpe sobre un sistema climático ya reventado por los combustibles fósiles.

NO ES SOLO EL NIÑO, ES EL CAPITALISMO QUEMANDO EL PLANETA

El aviso llegó el 2 de junio y no admite maquillaje. La Organización Meteorológica Mundial señala que hay un 80% de probabilidad de que El Niño se consolide entre junio y agosto, y que esa probabilidad suba hasta cifras cercanas o superiores al 90% si se mira hacia noviembre. Traducido: el planeta se prepara para otro episodio de calor, lluvias extremas, sequías y desorden climático sobre una Tierra que ya no parte de cero. Parte de una fiebre acumulada. Parte de océanos más calientes, atmósferas más cargadas y gobiernos demasiado acostumbrados a llamar “adaptación” a lo que en realidad es rendición. (World Meteorological Organization)

El Niño es un fenómeno natural. Sí. Conviene repetirlo para que nadie haga trampas. Pero natural no significa inofensivo. Natural no significa desconectado de la crisis climática. Natural no significa que pueda analizarse como si las petroleras, las gasistas, las grandes navieras, los fondos de inversión y las y los dirigentes que les ponen alfombra roja no tuvieran nada que ver. El Niño no inventa el incendio; llega cuando la casa ya está ardiendo.

El fenómeno forma parte de El Niño-Oscilación del Sur, el ENSO, una de las grandes palancas climáticas del planeta. Su fase cálida implica un aumento de la temperatura superficial del Pacífico ecuatorial central y oriental. Suele aparecer cada 2 a 7 años y puede durar entre 9 y 12 meses. Hasta ahí, la ficha técnica. Lo que cambia ahora es el suelo sobre el que cae. Porque una cosa es un ciclo climático golpeando un planeta relativamente estable, y otra muy distinta es ese mismo ciclo entrando en un mundo que lleva décadas siendo usado como vertedero térmico del capitalismo fósil.

Entre finales de abril y mediados de mayo, la temperatura superficial del mar en el Pacífico ecuatorial centro-oriental ya rozaba los umbrales asociados históricamente a El Niño. Por debajo, la señal era todavía más brutal: anomalías de hasta 6 °C por encima de la media en capas subsuperficiales. Eso no es una nota al pie. Es una reserva de calor esperando salir a la superficie, una caldera oceánica alimentando el siguiente tramo de la crisis. (World Meteorological Organization)

La OMM evita hablar de “superniño” porque no es una categoría operacional estandarizada. Bien. Pero el problema no está en el apodo. Está en el impacto. La mayoría de modelos apuntan a un episodio al menos moderado, con posibilidad de que sea fuerte. Y moderado, en un planeta sobrecalentado, ya no significa manejable. Significa cultivos fallidos, viviendas inundadas, hospitales saturados, trabajadoras y trabajadores expuestos a calor extremo, comunidades rurales sin agua y barrios populares pagando la factura de una economía que nunca les preguntó nada.

António Guterres lo ha dicho sin demasiadas vueltas: El Niño “echará leña al fuego” de un mundo en calentamiento. Y ha vuelto a señalar la raíz: la adicción a los combustibles fósiles. Esa frase debería estar en cada parlamento, en cada consejo de administración y en cada campaña electoral. Porque no estamos ante una mala racha meteorológica. Estamos ante el resultado de una arquitectura económica que llama progreso a perforar, quemar, vender y rezar para que las consecuencias caigan lejos. (El País)

SEQUÍAS, INUNDACIONES Y LA MISMA IMPUNIDAD DE SIEMPRE

Celeste Saulo, secretaria general de la OMM, ha pedido prepararse para un posible El Niño intenso que puede agravar sequías, lluvias fuertes y olas de calor tanto en tierra como en el océano. El antecedente inmediato no tranquiliza. El último episodio, el de 2023-24, fue uno de los cinco más intensos registrados y contribuyó, junto al cambio climático, a que 2024 fuera el año más caluroso desde que existen registros. No hablamos de una hipótesis lejana. Hablamos de una secuencia. Una secuencia que ya está escrita en incendios, cosechas perdidas, cementerios inundados, personas desplazadas y vidas convertidas en estadística.

La OMM no afirma que el calentamiento global aumente necesariamente la frecuencia o la intensidad de El Niño. Ese matiz importa. Pero sí deja claro algo más incómodo: el calentamiento global amplifica sus efectos. Un océano más caliente y una atmósfera más húmeda son combustible. Más energía disponible. Más capacidad destructiva. Más extremos. El cambio climático convierte fenómenos conocidos en golpes más caros, más rápidos y más injustos.

Las proyecciones dibujan un mapa desigual. Podrían aumentar las lluvias, y con ellas el riesgo de inundaciones, en el Cuerno de África, Asia central, el sur de Estados Unidos y zonas del sur de Sudamérica. En cambio, Centroamérica, el norte de Sudamérica, el Caribe, Australia, Indonesia y el sur de Asia pueden enfrentarse a condiciones más secas y cálidas. Dicho de otra manera: quienes menos han contaminado volverán a estar entre quienes más sufran. Siempre el mismo patrón. El lujo arriba, el barro abajo.

También la temporada de huracanes se verá atravesada por esta maquinaria climática. El Niño tiende a dificultar la formación de ciclones en el Atlántico por el aumento de la cizalladura del viento, y la NOAA prevé para la temporada atlántica una probabilidad del 55% de actividad por debajo de lo normal, con 8 a 14 tormentas con nombre, 3 a 6 huracanes y 1 a 3 huracanes intensos. Pero que nadie confunda “menos actividad” con seguridad. Un solo huracán basta para destruir vidas, infraestructuras y territorios enteros cuando se cruza con pobreza, abandono institucional y urbanismo al servicio del negocio. (NOAA)

Ahí está la obscenidad política del asunto. La crisis climática se trata como una emergencia cuando aparece en forma de desastre, pero como un trámite molesto cuando exige tocar beneficios. Las y los responsables públicos hablan de resiliencia mientras autorizan nuevas infraestructuras fósiles. Las empresas anuncian neutralidad climática mientras expanden extracción. Los mercados convierten el miedo en oportunidad. Seguros más caros. Agua privatizada. Agricultura tensionada. Energía especulativa. Hasta el colapso tiene intermediarios.

Prepararse para El Niño no puede significar solo emitir boletines, comprar drones, levantar muros o militarizar fronteras cuando lleguen las personas desplazadas. Prepararse significa reducir emisiones ya, proteger servicios públicos, reforzar sistemas de alerta temprana, garantizar agua, cuidar a las comunidades expuestas, escuchar a la ciencia y dejar de financiar a quienes han convertido el planeta en una mina y el futuro en una cuenta de resultados.

Para el trimestre de junio a agosto, la actualización estacional de la OMM apunta a un dominio casi universal de temperaturas por encima de la media. Esa frase debería helar la sangre, aunque hable de calor. Porque detrás de cada décima hay cuerpos. Hay niñas y niños. Hay personas mayores. Hay agricultoras y agricultores. Hay enfermeras y enfermeros trabajando en picos de calor. Hay vecinas y vecinos que no pueden pagar aire acondicionado, seguros ni una mudanza lejos del riesgo.

El Niño se acerca, pero el verdadero desastre lleva décadas sentado en los consejos de administración, votando contra la vida y llamándolo crecimiento.

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