La ONU avisa: el nivel del mar ya sube el doble y los océanos no aguantan más

Written by Resist.es — 9 de junio de 2026
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El capitalismo fósil, la pesca industrial y la contaminación están empujando al océano a una crisis acelerada mientras los gobiernos siguen negociando con el calendario de la catástrofe.

EL MAR NO ES INFINITO, AUNQUE EL MERCADO LO TRATE COMO UN VERTEDERO

La advertencia de la ONU no deja mucho espacio para el maquillaje. Los océanos del planeta están sometidos a una presión “severa y acelerada” por la actividad humana. No por una desgracia abstracta. No por una fatalidad natural. Por contaminación, pesca industrial a gran escala, calentamiento global, extracción, abandono político y una economía que sigue confundiendo vida con materia prima.

La tercera Evaluación Mundial de los Océanos de Naciones Unidas, publicada coincidiendo con el 8 de junio, Día Mundial de los Océanos, recoge el trabajo de casi 600 científicas y científicos de 86 países y analiza el estado del mar entre 2021 y 2025. El informe anterior llegaba hasta 2018 y ya hablaba de degradación persistente. Cinco años después, el diagnóstico no mejora. Empeora. Y lo hace deprisa.

Uno de los datos más brutales es el ritmo de subida del nivel del mar. Antes de 2015, el aumento era de unos 2 milímetros al año. En 2023 llegó a 4,3 milímetros al año. El doble en apenas una década. El mar está subiendo más rápido porque el planeta se calienta más rápido, y el planeta se calienta más rápido porque se sigue quemando petróleo, gas y carbón como si no hubiera mañana. La frase hecha ya ni siquiera funciona: mañana sí habrá, pero será más caro, más desigual y más inhabitable.

El océano cubre más del 70% del planeta. Regula el clima, sostiene biodiversidad, alimenta a millones de personas, aporta minerales y energía. También ha absorbido ya el 90% del exceso de calor generado por la crisis climática y el 30% del dióxido de carbono liberado a la atmósfera por la quema de combustibles fósiles. Dicho de otra forma: el mar ha estado amortiguando el golpe mientras empresas, gobiernos y fondos de inversión vendían crecimiento infinito en un planeta finito.

Y aun así, la factura llega.

El informe señala que el 16% del aumento del calor oceánico global desde 1955 se produjo después de 2018. No hablamos de una curva lenta, limpia y cómoda para seminarios institucionales. Hablamos de aceleración. El mayor calentamiento relativo se ha observado en el Atlántico y en las zonas meridionales del Índico y del Pacífico. Las corrientes oceánicas, encargadas de redistribuir calor a escala global y local, están cambiando, y sus efectos futuros sobre la ruptura climática aún se comprenden mal. Esa es otra forma de decir que estamos tocando piezas esenciales del sistema climático sin saber del todo qué engranajes vamos a romper.

António Guterres, secretario general de la ONU, lo dijo con una claridad poco habitual en estos organismos: no podemos seguir tratando el océano como si no tuviera límites. Hace falta una relación nueva con el mar, basada en la ciencia, el derecho internacional y la responsabilidad compartida entre países, sectores y generaciones. Suena razonable. Casi obvio. El problema es que lo obvio lleva décadas perdiendo frente al lobby fósil, la industria pesquera, la minería submarina y la geopolítica de los recursos.

TRATADOS, PLÁSTICO Y PESCA INDUSTRIAL: LA PROTECCIÓN LLEGA TARDE Y LLEGA FRAGMENTADA

La ONU reconoce avances. El tratado de alta mar, que entró en vigor este año, establece reglas internacionales para proteger los dos tercios del océano global que quedan fuera de la jurisdicción de cualquier país. También existen otros 56 tratados de protección marina que han mejorado la capacidad global para conservar biodiversidad, reducir subsidios dañinos y gestionar recursos. Bien. Pero el propio informe admite que la gobernanza sigue fragmentada por sectores y regiones. Traducido: demasiadas normas dispersas, demasiados agujeros, demasiada diplomacia lenta frente a una destrucción rápida.

El océano no se salva con comunicados solemnes si al mismo tiempo se permite que continúe el saqueo industrial. La pesca a gran escala no es una postal de barcos al amanecer. Es una maquinaria extractiva con capacidad para vaciar ecosistemas enteros, arrasar fondos marinos y convertir comunidades costeras en daños colaterales del beneficio ajeno. La minería submarina aparece como la siguiente frontera del delirio: cuando ya se ha perforado la tierra, se mira al fondo del mar como quien busca otra caja fuerte.

El plástico completa el retrato. Según el informe, 52,1 millones de toneladas de plástico al año llegan al océano. Ese flujo alimenta una contaminación estimada en 24,4 billones de partículas de microplásticos en los mares, con impacto sobre más de 4.000 especies marinas. No es basura flotando en una playa lejana. Es una estructura económica entera produciendo residuos que nadie quiere asumir. Se privatiza el beneficio y se socializa la intoxicación. Viejo truco. Muy rentable.

La imagen de residuos cubriendo la costa de Hann Bay, en Dakar, Senegal, resume mejor que cualquier discurso la obscenidad del modelo. El Norte global consume, empaqueta, desecha, externaliza. Luego llegan los informes, las cumbres, las promesas verdes y las fotografías de líderes mirando al horizonte con gesto de preocupación. Mientras tanto, el plástico entra en las cadenas tróficas, la biodiversidad cae, las aguas se calientan y las costas se vuelven más vulnerables.

Hay otro dato que debería humillar a cualquier Gobierno que presume de modernidad: en 2025, solo el 27% del fondo oceánico estaba cartografiado. Se quiere explotar lo que ni siquiera se comprende. Se quiere perforar, pescar, transportar, militarizar y mercantilizar un mundo que sigue siendo en gran parte desconocido. Las científicas y los científicos alertan de enormes lagunas sobre los ecosistemas de aguas profundas. El capital, en cambio, no necesita conocer para destruir. Le basta con calcular.

La presión no viene de un único frente. El informe identifica como motores de degradación el crecimiento de la población humana, los cambios demográficos, los avances tecnológicos, las transformaciones en la gobernanza y la inestabilidad social, económica y geopolítica. La población mundial pasó de 7.700 millones en 2017 a 8.200 millones a finales de 2024. Más de un tercio de las personas vive a menos de 100 kilómetros de la costa y el 11% habita en terrenos situados a menos de 10 metros sobre el nivel del mar. No son números decorativos. Son vidas expuestas.

Greenpeace ha pedido a los gobiernos que conviertan esta evaluación en una llamada urgente y que protejan la última gran frontera menos tocada del planeta frente a la minería submarina y la pesca industrial. La organización recuerda que los Estados prometieron proteger el 30% del océano mundial para 2030, el mínimo que la comunidad científica considera necesario para que el mar pueda recuperarse. 30% para 2030. Quedan menos de cuatro años y el reloj no negocia.

Lo que está en juego no es una causa bonita para campañas de verano. Es la arquitectura viva del planeta. Si los gobiernos siguen arrodillados ante las industrias que contaminan, pescan, perforan y calientan, el océano no será una víctima silenciosa: será el espejo brutal de una civilización que llamó progreso a su propia ruina.

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