Trenes parados, carreteras derretidas y nucleares frenadas: Europa prueba el calor extremo que viene

Written by Resist.es — 6 de julio de 2026
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El colapso de vías, autovías y centrales no es una anomalía de verano: es el aviso material de una crisis climática que ya está rompiendo infraestructuras diseñadas para otro mundo.

EUROPA YA NO AGUANTA EL CALOR QUE HA FABRICADO

El calor extremo de finales de junio dejó en Europa una escena que hace pocos años habría parecido exagerada: trenes cancelados, raíles deformados, carreteras reventadas, tranvías bloqueados por asfalto licuado y centrales nucleares obligadas a reducir actividad porque ni siquiera el agua de los ríos servía ya para refrigerarlas dentro de los límites legales. No fue una postal apocalíptica. Fue una semana normal en el continente que más rápido se recalienta. Y lo peor es que, según la Comisión Económica para Europa de la ONU, esto es “solo un anticipo” de lo que el cambio climático hará con el transporte durante las próximas décadas.

La ONU lo ha dejado por escrito en un informe publicado esta semana: carreteras, ferrocarriles, puertos, aeropuertos y vías navegables quedarán sometidos a fenómenos meteorológicos cada vez más extremos. Traducido del lenguaje técnico: todo lo que sostiene la movilidad de nuestras sociedades empieza a crujir. No por mala suerte. No por “el calor de siempre”. Por décadas de petróleo, carbón, cemento, beneficios privados y gobiernos aplazando lo que sabían que venía.

La Agencia Europea de Medio Ambiente ya advirtió en 2024 que Europa no estaba preparada para sus riesgos climáticos crecientes. Las medidas de adaptación, dijo, no iban al ritmo de la emergencia. Junio lo ha demostrado con una crudeza bastante pedagógica. La infraestructura europea está envejecida climáticamente. Fue pensada para otro clima, para otros promedios, para otro siglo. Y ahora el siglo real le está pasando por encima.

La National Rail británica detectó catenarias caídas, deformación de vías e incendios en los márgenes de su red. Tanto la propia National Rail como la operadora LNER pidieron a sus clientes que no viajaran en tren salvo que fuera estrictamente necesario. Esto, en uno de los países que lleva décadas presumiendo de modernidad mientras privatiza, parchea y externaliza hasta el cansancio. Luego llega el calor, el metal se dobla y el cuento se cae.

En Francia, el director de los ferrocarriles, Jean Castex, admitió que la red había sido “fuertemente impactada” por las altas temperaturas. La consecuencia fue la cancelación de hasta 71 trenes intercity al día. Bélgica y Austria redujeron la velocidad de sus convoyes y suspendieron unos 100 trayectos diarios. Eurostar también canceló servicios y rebajó velocidades. La Europa de la libre circulación quedó, de pronto, frenada por raíles que ya no soportan el clima que el propio modelo económico ha calentado.

La explicación física es sencilla y brutal: con temperaturas extremas, los raíles se dilatan más de lo previsto, no tienen espacio suficiente y se comban. Pero no fue solo eso. También fallaron sistemas eléctricos, catenarias y aires acondicionados en vagones. Es decir, no hablamos de una pieza rota. Hablamos de un sistema entero forzado más allá de sus márgenes. El calor no solo incomoda: desmonta el decorado de normalidad.

Aemet lanzó además un aviso especial por la segunda ola de calor del verano, con temperaturas de hasta 42 grados desde el domingo. No es un dato menor. Es la continuidad del golpe. Europa todavía estaba contando daños cuando ya llegaba el siguiente episodio. Así funciona ahora: una ola, otra ola, otra más. Y entre medias, gobiernos explicando que “se estudiará”, “se evaluará” y “se reforzará” mientras la ciudadanía viaja peor, vive peor y paga más por infraestructuras que deberían haber sido adaptadas hace años.

ASFALTO LICUADO, REACTORES PARADOS Y LA FACTURA DEL NEGACIONISMO

La imagen más obscena de esta ola de calor llegó desde Leipzig, en Alemania. El tranvía quedó inutilizado porque el asfalto que une los raíles a la calzada se derritió, se expandió por las ranuras y, al volver a solidificarse parcialmente, bloqueó el paso de los convoyes. La empresa llegó a pedir ayuda a la ciudadanía para retirar ese material. Sí, ciudadanía rascando betún derretido para que funcione el transporte público. La crisis climática en modo chapuza municipal.

No fue un caso aislado. En Núremberg, la red de tranvías sufrió el mismo fenómeno y tuvo que cortarse. En varias autopistas alemanas, las losas de la carretera se dilataron sin espacio suficiente, se levantaron y obligaron a cerrar tramos. En Meurthe et Mosela, en Francia, se derritieron seis kilómetros de asfalto. En Gran Bretaña, las autoridades tuvieron que cubrir carreteras con arena o polvo de roca porque las vías se habían reblandecido. Esto ya no es metáfora. Las carreteras se están licuando.

Tatiana Molcean, secretaria ejecutiva de la Comisión Económica de Naciones Unidas, recordó que los sistemas de transporte son vitales para el funcionamiento de sociedades y economías, y que sus interrupciones pueden tener consecuencias dramáticas y enormes costes financieros. Dicho de otra manera: cuando falla una carretera, no solo llega tarde una persona a una reunión. Puede no llegar una ambulancia, puede bloquearse el acceso a un hospital, puede romperse una cadena de suministros, puede quedar aislada una comunidad. El calor extremo produce cascadas. Y esas cascadas golpean siempre más fuerte a quienes menos margen tienen.

Los ingenieros de la Universidad Politécnica de Madrid Emilio Ortega y Belén Martín Ramos analizaron en 2020 los efectos del cambio climático sobre carreteras y ferrocarriles españoles. Ya entonces explicaron que los estándares de construcción tendían a basarse en condiciones climáticas promedio. Justo lo que el calentamiento global está destruyendo. Su análisis concluía que el impacto previsto en las infraestructuras estudiadas era relativamente bajo y no afectaría a trayectos críticos, pero sí advertía de un incremento importante de los costes de mantenimiento. La alerta estaba ahí. No escondida. No enterrada en una cueva. Ahí.

La propia evaluación de riesgo climático de la Agencia Europea de Medio Ambiente de 2024 fue todavía más clara al señalar que la red de carreteras estaba climáticamente obsoleta porque había sido diseñada con estándares del pasado. En Europa central y del norte, el asfalto se pensó durante décadas para resistir heladas. En España, en cambio, se emplean añadidos para evitar deformaciones si no se superan sobre el asfalto temperaturas superiores a 70 ºC. El problema es que el clima está cambiando más rápido que los presupuestos, más rápido que las licitaciones y muchísimo más rápido que la voluntad política.

Y luego están las nucleares. Ese gran fetiche de quienes venden seguridad energética como si una central pudiera funcionar al margen del planeta físico. Francia, primera potencia europea en electricidad nuclear, tuvo que detener un reactor y reducir la actividad de otros porque el agua de los ríos usada para refrigeración estaba demasiado caliente. Al salir de la planta, rebasaba la temperatura legal permitida. No es ideología. Es termodinámica. El reactor necesita agua fría. El río ya no la garantiza.

En Hungría pasó algo parecido en la central de Paks. Con temperaturas de hasta 40 ºC y una demanda eléctrica disparada por el uso de aire acondicionado, el Gobierno decretó una excepción temporal sobre la temperatura máxima del agua de refrigeración. Es decir, permitió utilizar agua más cálida para que la central siguiera funcionando. El agua del Danubio llegó a alcanzar los 30 ºC al salir de nuevo al río, y la operadora ya avisó de que, aun con esas excepciones, tendría que reducir la producción en 40 megavatios adicionales.

Ahí está la trampa perfecta del capitalismo fósil: calienta el planeta, dispara la demanda eléctrica para sobrevivir al calor que ha provocado, tensiona las infraestructuras, debilita los servicios públicos y luego presenta cada avería como una fatalidad técnica. No. Fatalidad no. Modelo. Un modelo que ha tratado la atmósfera como vertedero, los ríos como refrigerador industrial y las ciudades como máquinas de consumo. Ahora el calor devuelve la factura, y viene escrita en raíles doblados, asfalto derretido y reactores que no pueden respirar.

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